¿Por qué la elite intelectual del momento elige a la filosofía positiva europea para desarrollar sus ideas de país? ¿Qué pensaban los que no coincidían con esta visión? Miguel Cané, Lucio Mansilla, Julián Martel y Eugenio Cambaceres en tensión.

Se conoce como Generación del 80 a las élites intelectuales y dirigentes de la Argentina que llevaron adelante el proceso de modernización y organización nacional a partir de la década de 1880.

Su predominio se extendió hasta 1916, año de los primeros comicios bajo la ley Sáenz Peña. Durante este periodo, las políticas liberales en lo económico y conservadoras en lo político de los sucesivos presidentes, Julio Argentino Roca, Miguel Juárez Celman, Carlos Pellegrini y Luis Sáenz Peña, consolidan el modelo agroexportador con Buenos Aires como centro político y cultural de la República.

Paz y administración, el lema con el que asume la presidencia el General Roca, sintetiza el ideario de esta generación, caracterizado por la fe en el progreso y por la adhesión a las ideas positivistas. Este proceso político es acompañado por un pensamiento que se expresa en la literatura, en el ensayo y en el periodismo. Eugenio Cambaceres, Lucio V. Mansilla, Miguel Cané, Julián Martel, Lucio V. López, son quienes más notablemente manifiestan en sus obras las tensiones que atraviesan la consolidación de este modelo económico y los conflictos sociales que empiezan a surgir.

1. El poder de Buenos Aires

Este es nuestro encuentro número 9 y vamos a ocuparnos de la generación del 80. Este es un tema álgido, caliente, sobre el cual se discute mucho.

Para algunos, la generación del 80 ha sido la gran generación que fundó el país, y para otros, entre los que me voy a permitir contarme, la generación del 80 no fundó nada. Ya vamos a ver por qué, porque todo lo que digo trato de fundamentarlo.

Pero ¿de dónde venimos? Venimos del Martín Fierro, de José Hernández. Ustedes habrán visto en el Martín Fierro la presencia sólida de un pensamiento nacional. Por eso es este curso que estamos dando, porque hay un pensamiento nacional. Porque cuando Fierro dice, yo abriré con mi cuchillo el camino para seguir, esa frase es un gran pensamiento.

Bueno, entonces, en la segunda parte del Martín Fierro, el gaucho está integrado al sistema de Buenos Aires, pero quedan muy pocos gauchos, quedan muy pocos gauchos. ¿Por qué? Porque han sido casi todos ellos exterminados a partir de la derrota del federalismo argentino en Pavón, batalla que Urquiza, según dicen las malas lenguas, y las buenas también, se la regaló a Mitre, y a partir de ahí Mitre emprende lo que se llama una guerra de policía en el interior, termina con el Paraguay, termina con los gauchos del interior mediterráneo, Urquiza con el gauchaje del interior mesopotámico no hace nada, es un socio menor de Mitre, o sea que el poder se centraliza en Buenos Aires, donde ya nunca, nunca dejará de estar centralizado. Este poder, que se centraliza en Buenos Aires, tiene todavía una tarea por hacer, que es la lucha contra el indio. En este sentido, Julio Argentino Roca, el gran general de la década del 80, emprende la llamada conquista del desierto.

¿Qué es la generación del 80? Son unos cuantos dandis, unos cuantos dandis pertenecientes a las clases altas, cuya educación entre 1863 y 1870 es lo que narra Miguel Cané en ese adorable libro llamado Juvenilia que todos hemos leído en la escuela, y que narra la educación, a manos de Amadeo Jacques, de la élite de la generación del 80.

La generación del 80 va a tomar, como filosofía propia, una filosofía europea. Es decir, la filosofía positivista que nace en 1831 con el Curso de filosofía positiva de Auguste Comte. ¿Y qué dice la filosofía positivista? Lo voy a decir contundentemente. El positivismo tiene como tarea fundamental justificar el orden establecido. ¿Por qué? Porque el positivismo es una filosofía que dice: lo que es, es. Lo que es, es. Los hechos son lo que son y no pueden ser otra cosa. Si lo que es, es, y si los hechos son lo que son, quiere decir que nada puede cambiar.

En consecuencia, la generación del 80 adopta la filosofía positivista porque cuando una clase social llega a la plenitud de su dominio sobre las otras, congela la historia. Esto es lo que hizo Francis Fukuyama cuando cae el muro. Cuando cae el muro el neoliberalismo se adueña de la historia, entonces viene Fukuyama y dice: la historia concluyó.

Bien, el positivismo es adoptado por la generación del 80 justamente para decir: la historia concluyó... Digamos, los gauchos no están más, los negros los mató la fiebre amarilla, murieron en la guerra del Paraguay, a los indios los liquidó Roca, ahora estamos nosotros, la generación del 80, y nuestra filosofía es la filosofía positiva, es decir, la filosofía que postula el progreso, pero no el progreso que transforma y cambia las cosas, sino el progreso dentro de un mismo orden social y económico.

No un progreso que cambie estructuras sociales, económicas, no. Un progreso que es el progreso de la clase dominante de ese momento. La generación del 80 es la clase dominante que a partir de 1880 se adueña de Buenos Aires, se adueña de las finanzas, se adueña de la Bolsa, es una clase timbera que en el gobierno de Juárez Celman incurre en corrupciones que sólo la República volverá a ver en la década brillante y horrorosa del emperador Carlos Saúl Menem, y Juárez Celman efectivamente dedica el país a la timba financiera.

2. La conquista y la idea de progreso

Uno de los mejores libros sobre la llamada conquista del desierto lo escribió el notable novelista y ensayista David Viñas. Lo escribió en México porque tuvo que exiliarse por la dictadura militar que también le tomó la vida de dos hijos.

El libro de David se llama Indios, ejército y frontera. Es un muy buen trabajo que conceptualiza a esa llamada conquista del desierto como la etapa superior de la conquista de América. Es un concepto muy interesante porque toma el concepto de Lenin de etapa superior del capitalismo (el imperialismo como etapa superior del capitalismo), y lo aplica a la aniquilación de los indios que lleva a cabo Roca, y la llama etapa superior de la conquista de América.

La campaña del desierto es muy fácil para el general Roca. En realidad, esto estaba decidido, no había manera de parar esto, porque Roca penetra en los territorios de los llamados salvajes (porque no pertenecen a la civilización), con rifles Remington y cañones Krupp que les ha enviado Inglaterra. De modo que es Inglaterra también la que penetra con Roca en la que va a ser después la Patagonia inglesa, porque los ingleses van a ser los que más se van a adueñar de esas tierras, tal como lo vamos a ver en La Patagonia rebelde, sobre todo si ustedes quieren ver la película de Héctor Oliviera con guión de Osvaldo Bayer.

Antes, antes del proyecto exterminador de Julio Argentino Roca, hay un proyecto conciliador humanitario de Lucio V. Mansilla, que Mansilla plasma en un libro de los mejores de nuestra literatura, que es anterior al Martín Fierro, y que sin duda Hernández leyó porque toma algunas historias de Lucio Mansilla, y que se llama Una excursión a los indios ranqueles. Y ahí está el pensamiento argentino, señores. El pensamiento argentino está en las reflexiones de Mansilla que hace acerca de la civilización y la barbarie.

En todos los países colonialistas del mundo hubo generales exterminadores. Cuando Francia, en 1830, entra en Argelia, lo hace con el mariscal Bugeaud. El mariscal Bugeaud era un exterminador que apenas entra en Argelia quema vivos a 500 argelinos sólo para mostrarles a qué está dispuesto. En este sentido, las frases terribles que van a decir estos conquistadores del llamado desierto es que la sangre es fundamental, que la sangre es el dolor, pero que la sangre y el derramamiento de sangre son el costo del progreso.

Lo que va a decir el General Roca es: a mí no me vengan con cosas humanitaristas, yo necesito conquistar el desierto porque esas tierras tienen que estar en manos de la oligarquía argentina, y yo represento a la oligarquía argentina porque represento el poder de Buenos Aires, soy el general que va a exterminar a los pueblos salvajes. Que son salvajes porque están fuera de la civilización. La civilización no puede integrarlos, no podemos integrar a esos indios. ¿Dónde los vamos a meter? A esos indios tenemos que matarlos, como matamos a los negros, y como matamos a los gauchos rebeldes.

Entonces, el general Roca es un mariscal Bugeaud de la República Argentina, es decir, un general conquistador que va a conquistar territorios para la civilización. Mansilla era la otra cara. No digamos que todos los señores de la clase dominante de Buenos Aires eran crueles e inhumanos. El general Lucio V. Mansilla tenía real afecto por los indios ranqueles. Algunos dicen que Mansilla iba a los ranqueles como iba a París, porque Mansilla era un dandi, un señor al que le gustaba vestir bien, pero escribía muy bien, y escribió ese hermoso texto, lo recomiendo con pasión, que es Una excursión a los indios ranqueles, donde Mansilla plantea incorporar a los indios, no exterminarlos. Esta hubiera sido otra historia, sobre todo para los pobres llamados salvajes.

3. El conventillo

Hay una propuesta que tiene Osvaldo Bayer con respecto a la estatua del general Roca, que es sacarla de ese lugar y poner la de algún desdichado indio de la Patagonia.

Bueno, yo tuve una conversación con Bayer en la Feria de Frankfurt, donde le hice de Roca. De pronto, súbitamente, tomé la voz de Roca y le dije: mire Bayer, usted es un anarquista insolente, pero para que usted consiga sacar mi estatua de donde está, tiene que caer todo el imperialismo occidental antes.

Bueno, en efecto, es así, porque esa estatua está ahí porque tiene que estar ahí, porque representa el triunfo de la civilización occidental, que es la que se expandió por el mundo aniquilando con todas las fuerzas que se le opusieron. Así es como en la Argentina entonces se aniquila al gaucho, se aniquila a los negros, y se aniquila a los indios. Queda despoblada la Argentina, queda despoblada. Entonces yo haciéndole de Roca a Bayer le decía: bueno, matamos a todos y teníamos que traer a alguien para poblar el país. Y así fue como lo trajimos a usted, Bayer le decía. A ustedes, los inmigrantes. Trajimos a todos los inmigrantes, claro, porque habíamos despoblado el país.

Claro, no vinieron los que esperaban (dejo de hacer de Roca). No vinieron lo que esperaban. Vino lo que la oligarquía, las clases dominantes en la Argentina, las clases dirigentes van a llamar la chusma ultramarina. Siempre esa delicadeza para nombrar a los otros, ¿no? Ese respeto para dirigirse al diferente. Bueno, chusma ultramarina.

La chusma ultramarina iba a ser recibida en tanto aceptara las leyes del país al que llegaba. Las leyes del país al que llegaba no eran piadosas. Ante todo, llegaban al hotel de inmigrantes y en el hotel de inmigrantes había un enorme cartel que decía: sépalo, usted llega a un país en el cual, como en todos lados, hay vencedores y vencidos; no será la primera vez que duerma en el suelo, así que hágalo esta noche y todas las que sean necesarias.

Así se recibían a los inmigrantes. Los inmigrantes se acumularon sobre todo en la ciudad de Buenos Aires, y dieron origen al conventillo. El conventillo, que es una creación nacional, era una especie de casa chorizo donde a los costados de una pasarela central se ubicaban unas casuchas terriblemente pobres donde se apiñaban los desdichados inmigrantes que habían venido a hacerse la América. Y no se la hicieron.

En realidad fue un desencuentro brutal, porque la élite argentina esperaba sajones: ingleses, alemanes. No vinieron. Vinieron tanos, gallegos, polacos, rusos, y judíos. No vino nada de lo que esperaban. Entonces, están en los conventillos, y un elegante señor llamado Santiago de Estrada va a describir en memorable texto cómo ve el conventillo. Lo describe en una obra que se llama En viaje y otras obras literarias, que es una obra ya cercana al inicio del nuevo siglo. La descripción de Santiago de Estrada es terriblemente desdeñosa, como no podía ser de otro modo. Es un dandi del 80 que se digna a describir cómo es un conventillo, y dice: el conventillo es el pudridero de la pobreza y mina de oro de la avaricia.

Aquí toca dos puntos álgidos, Santiago de Estrada. La mina de oro de la Avaricia se refiere obviamente a los judíos, porque la generación del 80 era muy antisemita. ¡Qué cosa más rara! Y Julián Martel, en su novela La bolsa, es una novela tremendamente antisemita. En cuanto a que el conventillo es el pudridero de la pobreza, eso abarca a todos. La pobreza es putrición, la pobreza es basura, la pobreza es podredumbre pura, según este dandi del 80.

Y voy a citar, dice Santiago de Estrada: cada uno de los conventillos de Buenos Aires es un taller de epidemias en que cada una de sus inmundas camas es el tálamo en el cual la fiebre amarilla y el cólera se recrean. O sea, taller de epidemias, así llama al lugar donde viven aquellas personas que llegaron a la Argentina a hacerse la América y a trabajar para las clases dirigentes. Un lugar de epidemias.

Entonces dice que el conventillo amenaza a la salud pública, y a la moral pública, porque por supuesto está insinuando o diciendo que en el conventillo se cometen todo tipo de desviaciones de orden sexual. La generación del 80 se caracterizó bastante por paranoias sexuales. Imaginaban en sus peores sueños que los sucios y enfermos inmigrantes violaban a las inocentes niñas de sus familias. Lo que exige Santiago de Estrada, como exige todo buen burgués, es seguridad. Cuídenme de ese foco de infección, contrólenlo, manden ahí las fuerzas del orden y las fuerzas de la salud, porque hay que curar a esa gente para que no nos contagie a todos.

Entonces, ¿qué le pasa a la generación del 80? Una desilusión tremenda. Los que vienen son la ralea inmigratoria, lo peor, lo que ellos llaman la chusma inmigratoria, y los tienen que recibir porque no tienen otra cosa, y les tienen que dar trabajo, pero van a dictar la ley de residencia para tener la atribución de echar del país a todo aquel que traiga una ideología extraña a las ideas del ser nacional argentino y de nuestro estilo tradicional de vida.

4. Sin rumbo y el desengaño de un dandi

Los hombres de la generación del 80 tenían la pretensión de ser literatos. Algunos lo lograban, otros no.

El que casi lo logra, en una novela de 1885 llamada Sin rumbo, es Eugenio Cambaceres. Al menos creo que nos debe interesar mucho esa novela porque es una novela que expresa el dolor y el desengaño de uno de los hombres de la élite oligárquica con respecto a la vida en general. Digamos que en 1880, la generación del 80, era una generación plena, se inauguraba el granero del mundo, la Argentina surgía al mundo, dirigida por ellos.

Entonces, ¿cómo uno de ellos iba a permitirse la sombría desesperación de escribir una novela acerca de temas tan oscuros, tan negativos, que negaban ese futuro brillante que estaba entregado a la Argentina, que esperaba por la Argentina? Porque el futuro era visualizado como un horizonte luminoso hacia el cual la Argentina necesariamente iba. Bueno, para Cambaceres, en Sin Rumbo, no.

Andrés, que es el protagonista de la novela, no se integra al grupo oligárquico. Tiene un romance con una cantante italiana, a la que de paso Cambaceres desprecia, como desprecian a los italianos, y tiene una hija. Tiene una hija. Y también tiene conflictos con algunos de los peones de sus estancias, sobre todo con uno. Pero de pronto, de pronto, todo se quiebra, todo se trastoca, todo se vuelve sombrío, porque la hija adorada de Andrés se le enferma. Se enferma. La niña muere. Y Andrés, un dandi del 80, entra en profunda desesperación, tan profunda, tan profunda desesperación que descuelga de la pared un cuchillo de caza y se hace el harakiri.

Pero la descripción, y lo tengo que decir porque es así, además es notable porque es así: se abre la barriga en cruz pero no muere todavía, entonces se toma los intestinos y se los arranca. Y Cambaceres describe, ante todo describe, lo que él dice, él dice: vida perra puta, yo te arrancaré de cuajo, y ahí se arranca los intestinos. Entonces, Cambaceres no se priva de describir que la materia fecal que surge de ese cuerpo cae sobre todo el ámbito y hasta sobre el cuerpo de su hija. O sea, que él injuria, ensucia al cuerpo de su hija amada con esa muerte desmedida, realmente, una muerte espectacular, así, desesperada, tan desesperada que no tiene mesura.

Este hombre evidentemente no cree en la Argentina del 80, no cree en el progreso, no cree en esa imagen que la Argentina del 80 tiene de sí misma, no cree que el futuro es un camino dorado hacia el cual la Argentina va en un tren de oro hacia un horizonte de plenitud. En realidad lo que siente es que va a haber muchos inconvenientes, quizás que ese país va al fracaso porque ha vivido demasiado de la abundancia fácil, quizás lo que siente es que su generación no está construyendo el país, sino que está gozándolo, disfrutándolo, y se siente solo. Se siente solo y muere su hija. En consecuencia, sus esperanzas se hacen añicos. Quizás este hombre está viendo que el granero del mundo se va a destruir con el crack de Wall Street, que el modelo agroexportador de la generación del 80 va a destruirse.

Todo esto creo que lo expresa esta novela, que expresa a una clase improductiva, racista, que no sabe construir un país, sino que lo único que sabe es gozarlo, disfrutarlo. Una cosa es hacer un país y otra cosa es dedicarse a disfrutar de la abundancia fácil, del trigo, de los ganados, de lo que crece y solo hay que exportarlo para llenarse de oro y viajar a Europa con la vaca atada.

En cambio, Cambaceres dice: el horror existe, la tragedia existe, la muerte existe. Se nos puede morir lo que más queremos en esta vida y con eso nos podemos morir nosotros, acompañando a esa muerte. Una excepcional novela, atípica y digna de ser leída porque echa sombras en un mundo de luces excesivas.

Hasta luego.