Si hay algo que caracterizó a la literatura argentina del siglo XIX es su relación con la historia. Obras como El matadero y La refalosa son expresiones de intelectuales unitarios que usaron la prosa o la poesía para caracterizar a los federales como bestias sin condición humana. Estos relatos se destinaron a justificar la posterior venganza que el país de los cultos ejerció sobre el resto.
Esteban Echeverría nace en Buenos Aires en septiembre de 1805. Realiza sus estudios primarios en la Escuela de San Telmo y luego ingresa en el Departamento de Estudios Preparatorios de la Universidad de Buenos Aires.
En 1825, parte hacia Europa. En París, asiste al Colegio del Ateneo y toma cursos de dibujo, guitarra, historia, economía, y política. Allí entra en contacto con el romanticismo y se conmueve con la obra de Goethe, Schiller, y Byron. En París, comienza a escribir sus primeros poemas.
En 1830, regresa a Buenos Aires y comienza a publicar sus trabajos. A partir de 1835, participa en el Salón Literario y, en 1838, funda, junto a Alberdi y Juan María Gutiérrez, la Asociación de la Joven Generación Argentina. Enfrentado al régimen rosista, se exilia en 1840 en Uruguay. Muere el 19 de enero de 1851 en Montevideo.
El matadero es publicado recién en 1874, por Juan María Gutiérrez, en Las obras completas de Esteban Echeverría.
En 1835, don Juan Manuel de Rosas asume como gobernador de la provincia de Buenos Aires, y asume también como el vengador de Juan Facundo Quiroga, que había sido asesinado en Barranca Yaco.
A Facundo Quiroga le encuentran ensangrentada entre sus ropas el que es, quizás, el documento político más importante de don Juan Manuel de Rosas, que es la carta de la hacienda de Figueroa, que es una hacienda en la cual Rosas y Facundo se despiden, y desde ahí Rosas le escribe la carta. En 1835 lo que estaba pasando en Buenos Aires, en el ámbito intelectual, era que se había creado en la librería de Marcos Sastre un salón literario. Este salón literario es quizás el de nuestra primera generación de intelectuales, de hombres ligados a la cultura, a la élite cultural, cuya cabeza hegemónica es Esteban Echeverría, que había viajado a Francia y que había vuelto de París con todas las últimas novedades de la cultura francesa. Más o menos como sigue ocurriendo de algún modo en el campo filosófico actualmente, que estamos todos muy al tanto de lo que piensa el último francesito de moda.
Pero bueno, ahí llega Echeverría, y en el Salón Literario se reúnen Echeverría, Juan Bautista Alberdi, José María Gutiérrez, Marcos Sastre, y me importa decir algo sobre Juan Bautista Alberdi. No hay que recuperar solamente al Alberdi de las Bases y de El crimen de la guerra. Está el Alberdi del Fragmento preliminar al estudio del derecho, en el cual Alberdi le ofrece a Rosas (notable), le ofrece a Rosas ser su ideólogo. Es el primer gran desajuste entre un intelectual y un líder de masas. Rosas no lee a Alberdi, y Alberdi termina exiliándose en Montevideo.
El que es realmente agresivo con Rosas es Esteban Echeverría. Echeverría, que había publicado La cautiva, escribe un cuento de una inusual brutalidad, que recién en 1874 Juan María Gutiérrez, en Las obras completas de Echeverría, habrá de publicar. Pero Echeverría lo escribe entre 1835 y 1840, y el cuento se llama El matadero, y trata de ser, por supuesto, un cuento propagandístico, un cuento militante, un cuento para herir a la tiranía de Rosas, que así era considerado el gobierno de Rosas por los unitarios que se habían exiliado en Montevideo.
El texto de Echeverría, por supuesto, es trasladado, va de mano en mano entre amigos porque no se puede publicar, y también no se puede publicar porque es demasiado terrible, quizás por eso Echeverría cargó tanto las tintas, porque era un texto secreto para leer entre exiliados. Lo que narra el cuento es el cuento perfecto de la diferencia entre los civilizados y los bárbaros. El cuento se llama El matadero porque ocurre en el matadero donde Echeverría hace una descripción de la gente que trabaja en el matadero, que es la gente del rosismo, la gente que adhiere a la figura del restaurador de las leyes (que así se le decía a Rosas) y la descripción que hace Echeverría de esta gente es de un desdén, de un racismo, de un clasismo impresionante.
Pocas veces se ha visto considerar a la clase plebeya como una clase ligada, identificada con la animalidad. Son animales, carnean animales y a la vez ellos son animales. Los faenadores del matadero son también reces, como lo son las reces que ellos carnean. Andan en charcos de barro, andan entre sangre. Bueno, es un horror el cuadro que traza Echeverría.
En contraste con esto, en brutal contraste con esto, viene un hombre de la cultura, un hombre de la civilización, un hombre de la racionalidad. Este hombre es un joven unitario que ha tenido la desgracia de extraviar sus pasos y de entrar en el matadero. El esquema que tenemos aquí es que la civilización pierde sus pasos y entra en la barbarie. Este joven que viene en silla inglesa, que viene muy elegantemente vestido, que tiene modales exquisitos porque es de la alta sociedad, de la burguesía más alta o de la oligarquía más concentrada de Buenos Aires, un culto, pierde sus pasos en el matadero y ahí es muy mal recibido. Es muy mal recibido porque todos los del matadero se dan cuenta que quien ha llegado es evidentemente un unitario.
El cuento se llama El matadero porque va a ser el matadero de las reces y el matadero del unitario. Todo a manos de esta turba salvaje que son los hombres que adhieren a don Juan Manuel de Rosas, el personaje odiado por los unitarios y muy especialmente por Esteban Echeverría.
Bueno, entonces, el unitario es visualizado por los hombres del matadero. Aquí ya se produce un encuentro brutal. Lo ven, y ven que es un joven, que en realidad muchos ilustradores lo ilustran como el propio Echeverría, que viene montado en una cabalgadura de silla inglesa. La silla inglesa para Sarmiento en el Facundo va a ser muy importante, porque Sarmiento va a decir que si Lavalle hubiera hecho la campaña de 1840 en silla inglesa, la habría ganado. O sea, que estos elementos de la cultura europea son muy valorados por los hombres de la élite cultural de Buenos Aires.
De modo que este joven unitario viene montado en silla inglesa. Y los del matadero que están comandados por un siniestro personaje que se llama Matasiete, apenas lo ven venir en silla inglesa dicen ahí viene un unitario, ustedes noten la alegría que deben haber sentido los tipos del matadero cuando se les viene un unitario, se les viene un juego, se les viene un tipo con el cual se van a divertir mucho.
El unitario, como todo unitario que se enfrenta con la chusma, es muy altanero y los desprecia con sus gestos, con su mirada. ¿Qué quieren con él? ¿Cómo se atreven? ¿Cómo se le acercan? Y hay un juez en el matadero que lo primero que le pregunta al unitario es lo más visible para un federal, ¿por qué no trae usted la divisa punzó? La divisa punzó era un pedazo de género, punzó, que Rosas obligaba a que todo el mundo lo llevara, ¿no? Como identificación de su adhesión a él, a Rosas, o sea que había que llevar la divisa punzó. El unitario, como era unitario, es decir, como no adhería a Rosas, no llevaba la divisa punzó.
Entonces, lo que responde el unitario también es tremendamente altanero. Eso, la divisa punzó, es para ustedes, yo soy un hombre libre, no la llevo. Es decir, lo que le está diciendo a mí nadie me impone llevar una divisa punzó porque yo soy un hombre libre. Y Matasiete, que sabe responder, le dice: bueno, nosotros, a los libres, la divisa punzó se la hacemos llevar a la fuerza. Lo cual es una contundente respuesta, ¿no? Al orgullo de la racionalidad iluminada oponerle la fuerza brutal de la barbarie. Esto es lo que plantea Echeverría.
Matasiete y todos sus amigos son constantemente asimilados a la condición animal. Atención aquí, como el proyecto unitario era liquidar a todos estos gauchos bárbaros, es fundamental que no pertenezcan a la condición humana. Yo le voy a decir algo muy claro. Si usted quiere matar a alguien, lo va a matar más fácil si considera que ese alguien no pertenece a la condición humana. Por ejemplo, para Hitler, los judíos no pertenecían a la condición humana porque pertenecían a una raza inferior. Hay una famosa declaración, no quiero entrar mucho en esto, pero hay una famosa declaración del general Camps, jefe de la policía durante la dictadura de Videla en la provincia de Buenos Aires, que dice: nosotros no matamos personas, matamos subversivos.
Entonces, el hecho de que Echeverría describa a estos hombres como animales, está preparando el terreno para una represión feroz que el unitarismo de Buenos Aires va a llevar sobre las provincias. Entretanto, lo que hace Echeverría es mostrar la crueldad de los federales. Atención aquí también, siempre que en un texto se muestra la crueldad del enemigo, es porque se está preparando y justificando la crueldad que uno, cuando esté en buenas condiciones, va a ejercer sobre ese enemigo.
Entonces, a Echeverría, por supuesto, le interesa muchísimo demostrar que los federales son infinitamente crueles, porque luego ellos van a ser crueles con los federales. Los federales lo humillan al unitario, lo vejan, lo desnudan, algo que él no quiere aceptar de ninguna manera. Y antes de aceptar estas terribles humillaciones, se produce un hecho inesperado: el unitario revienta de sangre. Sus asesinos quedan sorprendidos por toda la sangre que tiene el unitario y por cómo ha reventado antes de que pudieran vejarlo más. Entonces, así termina el cuento, en medio de un baño de sangre y Echeverría que dice: esa es la federación rosina y es en el matadero donde tiene su lugar.
Otro texto absolutamente sangriento de la literatura argentina, que está muy unida a la historia argentina, porque la literatura argentina se ha hecho sobre todo en el siglo XIX siguiendo o expresando a los hechos políticos de la Argentina. Tanto es así que hay muchos unitarios que, después de leer el Facundo de Sarmiento, decían: ahora sabemos por qué luchamos.
El texto que voy a comentar, que es también tremendamente sanguinario, y que está en la línea de El matadero, es La refalosa de Hilario Ascasubi. Es un poema gauchesco con la característica que es un poema gauchesco escrito por un poeta unitario. En El matadero y en La refalosa se va a basar un cuento de Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges que escriben presumiblemente en Montevideo, y que se llama La fiesta del monstruo. Es un cuento tremendamente antiperonista, porque justamente lo escriben porque ellos sienten que Perón es una encarnación de Rosas, ¿no? De aquí que haya publicado, luego de la caída de Perón, el Libro negro de la segunda tiranía.
Ascasubi toma la voz del mazorquero, y a través de lo que el mazorquero dice, Ascasubi va a mostrar la infinita crueldad de los hombres de la mazorca. Lo que se le hace al martirizado es que con el cuchillo, no quiero abundar demasiado en eso para no impresionarlos, pero bueno, la cosa es así, con el cuchillo lo van cortando de a poco, pero el tipo está parado y va sangrando, y cuando sangra mucho se crea a sus pies una especie de charco de sangre. Por eso se llama La refalosa, porque él resfala en su propia sangre.
Hay una estrofa de Ascasubi que dice: ahí es donde empieza su aflición (su aflicción, pero es su aflición) Esta estrofa la ponen Borges y Bioy como acápite de La fiesta del monstruo. Ascasubi escribe: unitario que agarramos, lo amarramos y por atrás lo agarran los compañeros que empiezan a jugar con él, a jugar cruelmente con él porque se trata de matarlo pero antes de torturarlo. Entonces, esta es la crueldad que Ascasubi quiere mostrar en los mazorqueros.
Y la cita que vamos a leer es la siguiente: con un puñal bien templado y afilado, que se llama el quitapenas, le atravesamos las venas del pescuezo. Ustedes observen el hallazgo de llamar al puñal el quitapenas. En verdad, un puñal bien puede ser llamado el quitapenas, porque una vez que te clavan un puñal en la garganta, se te van todas las penas, digamos, es la última pena.
Vamos a otra cita: larga sangre, larga sangre, la víctima, que es un gusto. O sea que al mazorquero le gusta mucho eso de verlo largar sangre. Y del susto entra a revolver los ojos. Esto es de una crueldad enorme, la descripción de la pobre víctima que revuelve los ojos. En realidad no los revuelve, supongo, tanto del susto sino de las heridas que está recibiendo. Cito de nuevo: de ahí se le cortan las orejas, barba, patilla y cejas. Los unitarios llevaban patilla. Y pelao lo dejamos arrumbao pa' que engorde algún chancho o carancho. Es horroroso. Realmente hay que admitir que el texto de Hilario Ascasubi es horroroso porque pensar que a este pobre personaje al final lo tiran a los chanchos, es la descripción de una crueldad que mayor no puede ser. Ricardo Rojas, en su historia de la literatura argentina, va a decir que no conoce un texto de mayor crueldad que La refalosa que escribe Hilario Ascasubi.
La refalosa está escrita con tanta habilidad por Ascasubi que en realidad realmente sentimos que nos habla un degollador de la mazorca, porque describe con tanta precisión, con tanta habilidad y con tanta crueldad y con tanto gusto y con tanto placer, esa masacre, esa tortura a la que se somete al unitario, que solamente un cruel mazorquero puede matar así. Ahora hagamos la pregunta, si este hombre mata así, ¿cómo deberá morir? ¿Cómo se plantea matarlo cuando llegue la hora de la venganza?
La refalosa, y El matadero también, son retomados por Bioy y Borges en el cuento La fiesta del monstruo.
La fiesta del monstruo tiene el mismo esquema de El matadero. Comienza, en efecto, como dije, tiene como acápite la frase, ahí comienza su aflición, que pertenece a La refalosa. Se publica en Montevideo, a pocos días de la caída de Perón, lo publica Emir Rodríguez Monegal, que es un poeta uruguayo.
El cuento narra, el cuento está estructurado así: es un muchacho peronista que le cuenta a su novia, la Nelly, cómo le ha ido esa tarde en que salió con sus amigos para dirigirse a la plaza en la cual va a hablar el monstruo. El monstruo es Juan Domingo Perón, que para Borges y Bioy está totalmente adecuado llamarlo el monstruo. Es decir, los muchachos peronistas van a la plaza a oír la palabra del monstruo.
¿Con quién se encuentran? Se encuentran no con un unitario, sino que se encuentran con un muchacho judío, porque el interés de Bioy y de Borges es decir que el peronismo es fascista, que el peronismo es nazismo. Entonces, ¿a quién le van a poner a la muchachada bruta y brutal peronista? A un sinagoga, como dicen ellos con cierta gracia, a un rusovita, a un miserable cuatro ojos, como dicen los muchachos de la pandilla peronista, y le piden que salude al retrato del monstruo, que es el retrato de Perón.
El muchacho judío, al que ellos siguen llamando quimicointas, rusovita, se niega a hacerlo, un poco como el unitario de Echeverría, que se niega a hacer las cosas que le piden los bárbaros del matadero, y los muchachos peronistas, que son totalmente brutales, brutos y brutales en el cuento de Bioy y de Borges, comienzan a apedrearlo sin ninguna piedad, y Borges y Bioy describen con gran crueldad, en el estilo de Echeverría y de Ascasubi, cómo las piedras van desfigurando el rostro del muchacho judío que iba con los libros, que no tenía, según dice el protagonista, la estampa del deportivo, y hasta que llegan a la descripción más cruel de decir que la sangre era un chorro negro, la sangre era un chorro negro, y el protagonista dice yo me calenté con la sangre, es decir, la sangre lo excita, el asesinato lo excita hasta que cae muerto, cae muerto y le siguen tirando piedras, le siguen tirando piedras a un muerto, y Borges y Bioy escriben una frase tremendamente dolorosa porque dicen: le arrojábamos piedras que ya no le dolían.
Ustedes agarran esto muy bien supongo. Le arrojan piedras que ya no le duelen, porque le arrojan piedras cuando ya está muerto. Hasta este punto llega la crueldad de estos jóvenes peronistas, y aquí es donde uno vuelve a preguntarse lo que me vengo preguntando constantemente. Cuando se marca esta crueldad en el adversario, ¿no se está preparando la propia crueldad? ¿no es la justificación de la propia crueldad? Efectivamente a partir de la llamada revolución libertadora se ejerce una enorme crueldad sobre el movimiento peronista, sobre todo a partir del artículo 4161 en el cual se impide nombrar a Perón, se hace desaparecer a Eva Perón, en fin, se masacra a 28 militantes en José León Suárez, y la teoría del cuento es que los adherentes a Perón eran monstruos manipulados y que no eran humanos, eran monstruos manipulados por otro monstruo, por el monstruo, y el monstruo es Perón.
Los tres textos que nombré están destinados a exhibir la extrema crueldad de los sectores populares, pero ocurre que luego los sectores no populares, los sectores del poder, cuando deciden ejercer la represión sobre los sectores populares, son tan crueles como ellos han demostrado que son los sectores populares. Es decir, estos cuentos, quizás estos relatos, deberíamos analizarlos como relatos destinados a justificar la venganza, destinados a justificar la violencia que el país de los cultos va a ejercer sobre el país de los excluidos y de los marginados.
El cuento de Borges, yo quiero marcar claramente esto, no debe ser interpretado de ninguna manera como antiperonista, ni como un poema peronista. Digamos que desde aquí, con toda buena voluntad y apertura de corazón, propondríamos salir de una vez por todas de la antinomia peronismo-antiperonismo. Habría que pedirles a los antiperonistas que no se empobrezcan tanto odiando hasta tal extremo, o despreciando hasta tal extremo, a un movimiento político que tuvo una enorme riqueza e importancia en la Argentina.
Y a los peronistas que no crean que representan naturalmente a la patria, a la soberanía, al pueblo, sino que los otros, los que no son peronistas, también representan algo esencial del país. O sea que debiéramos salir de esta antinomia como debiéramos salir de muchas antinomias para poder vivir en una democracia plena, llena de conflictos, pero que respete fundamentalmente la identidad del otro.
Bueno, chau, hasta luego.