El General Lavalle fue el primer golpista de la historia argentina. Le decían "el condor ciego" o "espada sin cabeza". Las cartas que recibió durante 1828 definieron el fusilamiento de Manuel Dorrego, entonces gobernador de Buenos Aires, y la llegada de Lavalle al poder. Las implicancias del pensamiento unitario a través de cartas como las que escribieron Salvador María del Carril o Juan Cruz Varela.

Manuel Dorrego asume como gobernador de Buenos Aires en agosto de 1827.

El partido unitario rechaza sus políticas de integración con el interior y en diciembre de 1828, el general Lavalle lo derroca. Dorrego es derrotado en Navarro e intenta huir, pero es entregado a los hombres de Lavalle por dos de sus oficiales. El 13 de diciembre, Manuel Dorrego es fusilado.

En 1829, Juan Manuel de Rosas asume su primer gobierno presentándose como el vengador de Dorrego, y Lavalle se erige como el enemigo del régimen rosista. En 1840, Lavalle lanza una ofensiva militar que Rosas aprovecha para intensificar la actividad de la Mazorca. Son los llamados días del terror rosista. Lavalle se acerca a Buenos Aires, pero no avanza. Se retira hacia el norte y llega a Jujuy el 8 de octubre de 1840.

Muere a las 6 de la mañana del día siguiente en un confuso episodio a mano de una partida de federales.

1. La espada sin cabeza

Este es nuestro encuentro número 4. Tiene un título y ese título es Cartas a Lavalle.

¿Por qué se llama Cartas a Lavalle? Porque obviamente vamos a hablar de cartas que recibió Lavalle y de gente que escribió cartas a Lavalle. Lo notable, lo histórico, es que estas cartas determinaron el fusilamiento de Manuel Dorrego. O sea, que no fueron cartas inocentes, sino que fueron cartas escritas para que Lavalle fusilara a Dorrego. De ahí que Juan Cruz Varela le escribiera en una de esas cartas una frase memorable: cartas como estas se rompen.

¿Por qué las cartas a Lavalle? Lavalle es el general que hace lo que no hace San Martín. Seguramente todos ustedes recuerdan una frase famosa de San Martín: jamás desenvainaré mi espada en luchas fratricidas. Es decir que San Martín hizo la guerra contra los españoles, y nunca intervino con el ejército libertador en las luchas intestinas entre federales y unitarios.

Lavalle vuelve con las tropas del ejército libertador de la guerra con el Brasil, y da el primer golpe de estado de la historia argentina. Porque esa especie de historia oficial que se desarrolló sobre todo a partir del gobierno de Alfonsín, que los golpes de estado empezaban con Uriburu derrocando a Yrigoyen, no es así, no todo es como se dice. El primer golpe de Estado en la Argentina lo da el general Juan Lavalle contra el legítimo gobernador de la provincia de Buenos Aires, que era el coronel Manuel Dorrego.

Dorrego era un hombre con simpatías por el federalismo, y Lavalle es un hombre conquistado por los unitarios. Lavalle entonces pone el ejército libertador, atención a esto, pone el ejército libertador como policía interna. Es decir, Lavalle hace el pasaje de lo que hoy llamaríamos defensa nacional, que es lo que debe hacer el ejército, defender a la nación de los enemigos externos, Lavalle pone al ejército a hacer el trabajo de la seguridad nacional. Pone el ejército tal como lo puso en la década del 60 la revolución de Onganía, la revolución argentina. El ejército que sigue la doctrina de la seguridad nacional tal como lo hizo Videla.

En estos momentos se discute mucho o se acepta, afortunadamente se acepta, en el ejército argentino que el ejército está para la defensa nacional. Es decir que si un enemigo externo agrede a la argentina el ejército argentino va a salir a enfrentarlo. Pero si el conflicto es interno, el ejército argentino no tiene que intervenir, porque esa sería la teoría de la seguridad nacional. La otra es la de la defensa nacional, que es la que actualmente desarrolla el ejército argentino para bien de todos nosotros, porque si no volverían los golpes de Estado.

Bueno, Lavalle realiza su golpe y derrota a Dorrego en la batalla de Navarro. A Dorrego lo traicionan dos militares, Hacha y Escribano, y se lo entregan a Lavalle, y Lavalle decide si lo va a fusilar o no. Ahí es donde Lavalle, a quien llaman el cóndor ciego, y a quien califican de espada sin cabeza, comienza a recibir cartas de determinados dirigentes unitarios, prominentes dirigentes unitarios.

Una de esas citas es la que voy a leer cuidadosamente ahora. Pertenece a Salvador María del Carril, y la carta de Salvador María del Carril es conceptualmente poderosa, y dice así: general, yo tenía y mantengo una fuerte sospecha de que la espada es un instrumento de persuasión muy enérgico, y que la victoria es el título más legítimo del poder. Esta frase es excepcional. Esta frase hubiera fascinado a Michel Foucault, porque para Foucault la verdad es resultado del poder. No existe una verdad para Foucault. La verdad es el poder de imponer la verdad. Por eso se lucha tanto por los medios de comunicación, porque si yo tengo 50 medios de comunicación en un país, tengo el poder de imponer la verdad, que es hacerles creer a todos lo que yo creo.

Entonces, cuando Salvador María del Carril dice que la victoria es lo que da consistencia al poder, lo que está diciendo es que el poder es el que impone la verdad. Y la verdad que le va a proponer a Lavalle es fusilar a Dorrego.

2. La revolución, un juego de azar

Esta carta de Salvador María del Carril que vimos, tiene una fuerza excepcional. También la tienen las otras cartas, sobre todo la que le va a escribir un poeta unitario que va a terminar exiliándose en Montevideo, huyendo de Rosas, que es Juan Cruz Varela. Lo que le escribe Juan Cruz Varela, lo que Juan Cruz Varela le pide a Lavalle, es que la sangre que se derramó en la batalla de Navarro tiene que ser vengada. O sea, lo que está pidiendo es una venganza por la sangre derramada.

Nosotros podríamos hacer una historia de la Argentina siguiendo esta dialéctica, digamos así, de la sangre derramada. Se derrama la sangre, y se pide derramar sangre para vengar la que se derramó. Se derrama esa sangre, y después se pide derramar otra sangre para vengar la que se derramó. Y así, y así, y así, la historia termina siendo una historia de sucesivas venganzas por la sangre que se ha derramado. En última instancia, una historia de la sangre y la violencia, y eso es más bien espantoso, pero cada vez la historia humana se está pareciendo más a ese matiz cruel, que es lo que un humanismo reflexivo, filosófico, debería luchar por evitar.

Ahora bien, lo que hace Juan Cruz Varela... Él se da cuenta que eso no le conviene que se sepa. Mucha gente se da cuenta que hace cosas que no convienen que se sepan. Entonces, Juan Cruz Varela, después de recomendarle a Lavalle que hay que vengar la sangre que se derramó en Navarro, es decir: usted, general Lavalle, derrame más sangre para vengar la que se derramó en Navarro, le dice: recuerde, cartas como estas se rompen, porque no quiere que esa carta trascienda. Lo notable es que estas cartas trascendieron. Después voy a decir mi tesis acerca de por qué trascendieron estas cartas.

La otra carta, vamos a volver al otro personaje, es Salvador María del Carril, que es el personaje del cual ya leímos una carta, y que tiene tal precisión conceptual, que esta carta es un texto fundamental para reflexionar acerca de las revoluciones en la historia. Voy a leer la cita. La cita dice así, es la carta de Salvador María del Carril al general Juan Lavalle, y le dice: prescindamos del corazón en este caso. Es decir, prescindir del corazón es prescindir de los sentimientos. Prescindir de los sentimientos es tener el corazón frío y dispuesto para hacer lo que sea necesario. Lo que sea necesario. Bien, sigue la carta de Salvador María del Carril: Así considere usted la suerte de Dorrego, mire usted que este país se fatiga 18 años hace en revoluciones sin que una sola haya producido un escarmiento.

En esto Salvador María del Carril olvida el fusilamiento de Santiago de Liniers a manos de la Junta de Buenos Aires. El fusilamiento de Santiago de Liniers es una obra que lleva a cabo la Primera Junta, y que lo realiza Juan José Castelli, que recibe instrucciones de Moreno, y Moreno le dice, como todo hombre que tiene todo bien puesto, no solo las ideas, que si usted no mata a Liniers, voy a ir yo y lo voy a matar personalmente. La revolución, tal como la piensa Moreno, que la piensa al estilo jacobino, al estilo sangriento, se liga también del modo en que la piensa Engels en un texto muy famoso que se llama De la autoridad, en el cual Engels dice no hay nada más autoritario que una revolución.

Vuelvo a del Carril, que cerca del final de su carta escribe un texto asombroso, asombroso, excepcional, y cruel: Una revolución es un juego de azar en el que se gana hasta la vida de los vencidos. Esta frase, como ustedes podrán ver, justifica todos los fusilamientos posteriores a cualquier revolución. Digamos, la revolución que hace Lavalle contra Dorrego para Salvador María del Carril justifica el fusilamiento de Dorrego. La revolución del 55 contra Perón justifica el fusilamiento del general Juan José Valle.

Y muchas otras revoluciones en la historia justifican el fusilamiento de los oponentes a la revolución. Los revolucionarios siempre consideran que tienen el deber y el derecho de fusilar a aquellos que se oponen a la revolución. Esto lo llevó a cabo, como nadie, la Revolución Francesa, pero luego lo realizaron también otras revoluciones. Pero ya vamos a hablar de ese tema largamente.

3. El poema conjetural de Borges

El coronel Manuel Dorrego asume su muerte, su fusilamiento, con gran dignidad, y dice algunas frases que, proviniendo de un hombre que tiene la muerte cercana, son muy conmovedoras. Sobre todo, aquella en la que él pide que su muerte no sea motivo alguno de derramamiento de sangre.

Dorrego es por supuesto víctima de la intolerancia. Esta dignidad en la muerte que tiene Dorrego no solo la ha tenido Dorrego, hay otros personajes en la historia argentina que fueron fusilados y murieron con serenidad y dignidad. Digamos, Severino Di Giovanni, el anarquista que lo fusila Uriburu, muere sin aceptar la venda y su última frase es que viva la anarquía.

El general Juan José Valle, que lo fusila el gobierno de Aramburu, el general Valle, que fue fusilado en la penitenciaría de Las Heras, le escribe a Aramburu una carta terrible en la cual le dice: usted pronto tendrá el discutible honor de ser mi asesino. Y el mismo Aramburu, según el relato que hace Firmenich en la causa peronista, muere con gran sobriedad, y sin ningún acto de temor, porque Fernando Abal Medina le dice: voy a proceder, general, y Aramburu dice: proceda.

Dorrego, efectivamente, no solamente muere con dignidad, sino que pide que su muerte no sea, como todas las muertes en la Argentina, objeto de venganza. Pero, sin embargo, alguien que va a ser muy duro, que va a derramar mucha sangre y que también va a ser muy atacado, como don Juan Manuel de Rosas, va a asumir su gobernación de Buenos Aires en 1830 como el vengador de la muerte de Dorrego. Y su discurso inicial es ese: Dorrego no has muerto en vano. El segundo gobierno, Rosas, lo asume como el que viene a poner orden en el país después de la muerte de Juan Facundo Quiroga.

Lo que a mí me interesa es ver cómo es posible superar esta antinomia que hirió a la historia argentina, la antinomia entre civilización y barbarie. ¿Qué pasa? ¿Es realmente la ilustración de la ciudad de Buenos Aires, la ilustración de los cultos, es realmente la civilización? ¿Son realmente los que no pertenecen a la cultura, los que pertenecen a la base, los que pertenecen al pueblo, los en última instancia iletrados, o que no tienen una cultura elevada, son la barbarie? ¿No puede este país integrarse?

Hay un momento que un escritor argentino, Jorge Luis Borges, ustedes lo conocen porque estamos de Borges un poquito hasta acá, hasta acá, pero bueno, Borges escribió un gran poema. Lo notable del poema de Borges es que va mucho más allá en profundidad que las ideas políticas que tenía Borges, que eran pobrísimas. Las ideas políticas de Borges eran las de una señora gorda, digamos. No mucho más. No mucho más.

No es nada tampoco novedoso en la literatura argentina. Por ejemplo, hay escritores como Fogwill que ha ido a Chile y dijo que él quería parecerse a Pinochet. Lo dijo en Chile. Y que lo que más le molestaba de la Argentina eran, digamos, las manifestaciones en la calle, los piqueteros. Bueno, una declaración bien Borges. Borges hacía ese tipo de declaraciones. Aceptó ser condecorado por Pinochet, Borges. ¿Usted escucha esto? Borges aceptó ser condecorado por Pinochet, y cuando fue condecorado dijo: me honra ser condecorado por el general Pinochet porque Chile tiene la forma de una espada.

Sin embargo, sin embargo, Borges como poeta se trasciende a sí mismo. Es decir, cuando escribe un poema, ya no es este tilingo oligárquico que larga parrafadas reaccionarias así, gratuitamente. Porque el poema conjetural que Borges escribe en 1943, un mes después del golpe del 4 de junio de 1943, es decir, del golpe que lleva al peronismo al poder, el poema conjetural es uno de los textos más profundos de la historia argentina. Es uno de los textos que, con mayor hondura, intenta superar la antinomia civilización y barbarie.

El esfuerzo de Borges está dado en este poema al asumir la figura de un letrado, a quien va a llamar un hombre de cánones y de latines, de un letrado que es muerto por la furia de la montonera del fraile Félix Aldao. Este poema conjetural lo vamos a analizar cuidadosamente de inmediato.

4. Vencen los bárbaros

El poema conjetural de Borges, de julio de 1943, está escrito en la forma de un monólogo interior de Narciso Laprida.

Narciso Laprida, ustedes recordarán, es el hombre que declaró la independencia de lo que Borges llama en su poema Nuestras crueles provincias, que va a ser el título de una muy buena novela de Héctor Tizón, buena como todas las que escribe Tizón.

Laprida ha perdido la batalla, y se sabe vencido por la montonera de Félix Aldao. Laprida piensa, entonces, antes de morir (porque es un monólogo interior lo que escribe Borges): la batalla está perdida y la victoria es de los otros, los bárbaros vencen, los gauchos vencen. Vamos a detenernos en esto.

La victoria es de los otros, los bárbaros vencen. O sea, que en el poema de Borges, Laprida, lo primero que dice es que los bárbaros son los otros, tal como lo hemos venido analizando a lo largo del recorrido que venimos haciendo. Vencen los bárbaros, vencen los otros, vencen los gauchos. Los gauchos son los otros.

¿Qué pasa que en el siglo XIX no se pueda integrar el gauchaje federal con la élite ilustrada de Buenos Aires? ¿Por qué hay una guerra civil a lo largo de todo el siglo XIX? Porque, Laprida sigue reflexionando y dice, estoy huyendo, estoy huyendo por arrabales últimos hacia el sur. El sur es siempre en Borges el territorio de la barbarie. Finalmente, Laprida dice: yo, un hombre de cánones, de latines, un hombre culto, estoy por morir en medio de ciénagas. En medio de ciénagas. Estoy por morir en medio del barro, en medio de la suciedad, asesinado por la barbarie.

Y sin embargo, cuando Narciso de Laprida siente lo que él llama el íntimo puñal... Este es el mejor adjetivo para mí de toda la prosa de Borges. Borges para mí no se ha lucido siempre con sus adjetivos, en principio porque adjetiva demasiado. Pero el íntimo puñal, dice Laprida, ese íntimo puñal que penetra en su garganta es suyo, es suyo. Ese íntimo puñal le da su condición de sudamericano. Morir así, morir en campo abierto, morir en medio del estruendo de la batalla, morir a manos de la barbarie, hace de este civilizado un sudamericano. Porque en esa muerte se conjugan civilización y barbarie. Porque él ahí se da cuenta de que no es un europeo, que vive en este territorio que es Sudamérica, que es un territorio de sonido y de furia, para usar la frase de Faulkner. Es un territorio de estruendo, de sangre, de batallas, de contradicciones, de contradicciones insolubles, pero, sin embargo, cuando Laprida siente que ese cuchillo de la barbarie lo completa a él como sudamericano, porque él es, a la vez un civilizado y un bárbaro. En ese momento, la poética de Borges llega a su más alta expresión.

Y ahí Laprida dice: yo encuentro aquí mi destino sudamericano. ¿Por qué? Porque un sudamericano no solamente es un hombre de letras, de cánones, de latines, es también un hombre que tiene que asumir la barbarie del territorio en el cual ha crecido. Y con esa barbarie tiene que dialogar, con esa barbarie tiene que enfrentarse y saber que es parte de él. No puede negarla como si fuera algo totalmente exótico, como si fuera lo otro, como si él fuera un europeo y todo aquello le fuera totalmente ajeno.

La historia argentina pudo haber sido otra si los unitarios del siglo XIX hubieran aceptado que el país federal también eran ellos. Que no había una barbarie como territorio del otro, sino que ese territorio no era el del otro, sino que debió ser el de todos. Pero el de todos, ¿no? Que quede claro, el de todos, el de los civilizados y el de los bárbaros, que deben unirse para delinear la cara de un país conciliado. Nunca vamos a conciliar este país si lo seguimos dividiendo entre civilizados cultos y bárbaros incultos.

Entonces, lo que hace Buenos Aires es justamente lo contrario. Instaura el libre cambio, y el libre cambio lo que hace es traer las manufacturas europeas, y considerar que Inglaterra es el taller del mundo y la Argentina es el granero del mundo. Al considerar que la Argentina es el granero del mundo e Inglaterra es el taller del mundo, Argentina se condena a no ser jamás un país industrial, y al dejar que penetren las mercancías de Europa, arrasa con las industrias nacientes, artesanales, del interior, que alguna vez pudieron haber dado un rostro fabril a nuestro país, que no lo tuvo nunca.

Bueno, esto es todo y hasta luego.