Las posibilidades del Dasein. ¿Cuál es la posibilidad de todas mis posibilidades? En todas mis posibilidades está la posibilidad de morir. El Dasein y la finitud. El ser-para-la-muerte. La existencia auténtica y la existencia inauténtica. "Todo misterio pierde su fuerza". El señorío de los Otros. El "Otro" puede ser cualquiera. Lo "Uno". El Das Man. El "se dice". "Se piensa". "Se cree". "Se opina como opinan todos". La "publicidad". Todos son el Otro y ninguno es él mismo. El "estado de interpretado". La "avidez de novedades". Las "habladurías". Todo está "aplanado" en la unidad. Lo inauténtico niega la realidad del ser-para-la-muerte.
Vamos a continuar con Heidegger. Este es un modo de decir, vamos a continuar mucho con Heidegger, porque tenemos que profundizar en la filosofía de Heidegger para entender las filosofías posteriores.
Estamos analizando el ser ahí, el Dasein, ¿no? Está arrojado ahí en el mundo. La primera, entonces, estructura, modo de ser, del Dasein, modo de ser del Dasein, es lo que Heidegger llama ser en el mundo.
Heidegger es el que inventó las palabras trencito. Es decir, Heidegger escribe ser guión en guión el guión mundo. Ser en el mundo. O sea, el Dasein, el modo de ser del Dasein, es ser en el mundo. A estos modos de ser del Dasein, Heidegger los llama existenciarios, existenciarios. Entonces, uno de los existenciarios del Dasein, el primero, es ser en el mundo.
Luego, ¿por qué es ser en el mundo? Bueno, lo dijimos, porque es el ser ahí, está ahí en el mundo, es en el mundo. Ahora, esta forma en que es en el mundo, es estar en estado de eyección, arrojado hacia el mundo. Y aquí viene la pregunta, ¿hacia qué está arrojado el Dasein? El Dasein está arrojado hacia sus posibilidades. Nosotros somos posibilidades.
El Dasein va a decir, Heidegger, antes que realidad, es posibilidad. ¿Qué diría yo que es una piedra? Supongamos que hay una piedra ahí. Siempre pongo el ejemplo de la piedra, pero una vaca si quiere, lo que quiera. Supongamos una piedra. Una piedra es. Nunca va a ser otra cosa más que una piedra. Es una piedra. Pero un ser humano no es, siempre está deseando ser otra cosa. Está arrojado hacia un futuro, está proyectándose en una posibilidad. Somos posibilidad, eso es lo que somos. Somos nuestros posibles. Nuestros posibles nos constituyen.
Yo ahora estoy grabando este programa. Y cuando termine de grabarlo, puedo elegir miles de posibilidades. Puedo seguir acá, puedo irme a tomar un café, puedo volver a mi casa, puedo ir a un cine, puedo ir a un teatro, puedo irme del país. Esas son posibilidades, son infinitas. Ahora, hay una posibilidad, que es la posibilidad de todas esas posibilidades, una posibilidad que está en todas y cada una de esas posibilidades, que es la posibilidad de morir. En todas esas posibilidades yo puedo morir, puedo quedarme acá y morirme, puedo ir al teatro y morirme, puedo ir al extranjero y morirme, cae el avión y me muero en el viaje.
Entonces, lo que anida, lo que está inserto en todas mis posibilidades es esa posibilidad, la posibilidad de todas mis posibilidades, la posibilidad de morir en uno de mis posibles. Entonces, esta condición de estar eyectado hacia el futuro es mi posibilidad, somos posibilidad. Pero hay una posibilidad que está presente en todas, en todas puedo morir.
Este es un aspecto sombrío de la filosofía de Heidegger, y va a ser uno de los aspectos de las filosofías existencialistas. Heidegger tiene como poderosa antecedente la filosofía de Kierkegaard, un filósofo danés del siglo XIX, que tiene un libro que se llama El concepto de la angustia, que Heidegger sin duda lo debe haber leído intensamente, y que en una de sus partes dice: el hombre es ese ser que se angustia, y es más profundamente hombre cuanto más profundamente se angustia.
¿Qué está diciendo Kierkegaard? Está diciendo que es más profundamente hombre porque la angustia proviene de la experiencia de la nada. Y la experiencia de la nada es la experiencia de la muerte. Entonces, si yo afronto la experiencia de la nada, la experiencia de que voy a morir, estoy justamente afrontando la más difícil de todas mis posibilidades, la que no quiero afrontar, la que me da miedo afrontar, la que me angustia afrontar, porque es la nada justamente la que me produce la angustia, porque la nada me revela mi finitud, me revela esta posibilidad presente en todas mis posibilidades.
Es decir, como dije, yo de acá me voy a una pizzería, puedo morir. Me voy a un teatro, puedo morir. Me voy a tomar un colectivo, puedo morir. Me voy a la provincia de Buenos Aires, puedo morir. Esta es la posibilidad de mis posibilidades y a la vez (a ver si agarramos esto bien que es muy lindo, bah, muy lindo, conceptualmente fascinante), y a la vez es la imposibilidad de todas, porque la muerte puede imposibilitar todas mis posibilidades en la medida en que las habita a todas.
Entonces, el hombre es ese ser en el mundo que también es ser para la muerte. Esto es algo que el hombre tiene que afrontar. En realidad, va a decir Heidegger, y esto es genial, el hombre se pasa la vida tratando de ocultarse y de que le oculten que es un ser para la muerte, que va a morir. Se aturde, se aturde, se aturde él y pide atúrdanme, porque no quiero tener eso presente, porque lo que no quiero es morir.
Vamos a seguir con esto.
A Heidegger le van a criticar que el Dasein no tiene sexo. En realidad es una crítica infundada porque Heidegger no tiene por qué detenerse en eso. El Dasein es el hombre y es la mujer.
Cuando nosotros acá, hablando de filosofía, decimos el hombre, estamos diciendo la mujer. Lo que pasa es que no podemos estar todo el tiempo diciendo el hombre y la mujer. Yo diría la mujer. Pero si yo digo el ser de la mujer, el ser para la muerte, nadie va a entender nada, porque de qué está hablando, este de mi esposa; lamentablemente esto está instalado, es trabajo de todos nosotros llegar a un lenguaje, encontrar una palabra que pueda incluir los dos sexos, pero ahora va a haber que incluir unos cuantos más, o sea que es cada vez más complejo, bueno. Pero el Dasein es el hombre y es la mujer. El Dasein es la realidad humana, digamos.
El ser del Dasein es ser para la muerte. El Dasein es ese ser que inexorablemente va a morir. Ante esta realidad que es temible, temible, y que despierta una enorme angustia, y esa angustia revela la nada, y la nada revela la muerte, el hombre quiere frenarla, quiere negarla. Para negarla, se entrega a lo que Heidegger llama la existencia inauténtica. La existencia inauténtica consiste, ante todo, en negar que el hombre es ese ser que es para la muerte.
Entonces, el Dasein inauténtico se entrega al mundo del se. En alemán, das man. Se dice. En francés, on dit. Se dice. Se entrega al mundo del se dice.
¿Qué es el mundo del se dice? Se dice que hay que leer los libros de John Grisham. Se dice que hay que leer los libros de Harry Potter. Se dice que hay que ver tal película, que hay que ver tal programa, que hay que leer tal diario. Lo que se diga, el Dasein inauténtico, que está determinado desde afuera, desde afuera, lo acepta. Lo acepta. Digamos, vive en el modo de la pasividad. Él hace lo que se dice, lee lo que se lee, opina lo que se opina, y así está inmerso en el mundo de lo anónimo. El mundo de lo anónimo. No es él, el uno. Por eso Heidegger habla de lo uno, es decir, del mundo del se dice, ¿no? Lo uno es, bueno, lo anónimo. Lo uno es lo anónimo.
Entonces el Dasein quiere unirse a ese uno anónimo para ser uno más y no pensar por sí mismo, y no darse cuenta en algún momento que la muerte inexorablemente va a ser una experiencia suya, y que nadie puede morir por él. Entonces, como esto es difícil, el Dasein inauténtico consagra su vida a negarlo. ¿Cómo lo niega? Primero dice, la muerte es algo que le pasa a los otros. ¡Qué cosa, como se muere la gente! ¿Por qué se morirá la gente? Y bueno, porque la gente se muere.
Les voy a contar una anécdota. Yo una vez iba manejando mi coche, hace muchos años, y hay una barrera, ¿no? Delante de la barrera está parado un camión, un camión muy grande, que no avanza porque está pasando un cortejo fúnebre. El cortejo fúnebre pasa muy lentamente y el camión espera. Detrás del camión hay una línea de coches que no ven al cortejo fúnebre porque el camión es muy grande entonces empiezan a tocar bocina. De pronto el camionero se baja y le dice al primero para que escuchen todos: pará viejo, ¿no ves que hay un fiambre ahí?
Memorable frase, filosófica frase, del camionero. No hay nada más contundente para negar la muerte que llamarle fiambre a un muerto. No es un muerto, es un fiambre. No es un Dasein que ha finado. No es algo que me va a pasar a mí. Eso es un fiambre. Ni lo nombra. No dice es un cadáver, es un ser humano muerto. Es un fiambre. Está muy bien. Digamos, es un lenguaje lunfardesco de Buenos Aires. ¿Pero qué quiere decir que es un fiambre? Quiere decir también que ese Dasein ha dejado de ser. Ya no es. Como ya no es, es una cosa. Un fiambre es una cosa. No está animado de existencia. Entonces, la muerte es un espectáculo también, porque porque este camionero que mira pasar el cortejo fúnebre en realidad está mirando un espectáculo, ¿no? Pasan los distintos coches, la gente que llora, las flores, es un espectáculo, van a enterrar a un fiambre. Bueno, es un espectáculo.
La muerte como espectáculo es la negación inauténtica que el Dasein hace de la muerte. La muerte es algo que le ocurre a los otros, la muerte es un espectáculo, la muerte está fuera, la muerte forma parte de lo uno, de lo anónimo, pero no es algo que me va a pasar a mí, le pasa a los otros. Esa es la esencia de la existencia inauténtica, y vamos a ver cuál va a ser la esencia de la existencia auténtica.
Ya lo vemos.
¿Cuál es el fundamento de la existencia auténtica? No de la inauténtica, de la auténtica.
Si el fundamento de la inauténtica era la negación de la finitud del Dasein, lo que va a fundamentar la existencia auténtica es enfrentar, aceptar esa finitud. Es decir, el Dasein auténtico sabe que va a morir, sabe que su ser es ser para la muerte, y lo acepta, y eso le da densidad a su existencia, eso le da autenticidad, eso lo lleva justamente a una existencia que no se disuelve en lo uno, donde ese miasma donde todos están así... No, no, no. El existente auténtico está separado del mundo del "se dice, porque ante todo ha aceptado su finitud.
A partir de esa aceptación, él es él. En consecuencia, elige lo que quiere leer, habla de lo que quiere hablar, pero lo fundamental es esto: enfrenta la angustia que le produce el hecho de que nadie puede morir por él. Bueno, está bien, voy a morir yo por mí. En cambio, el existente inauténtico, al no poder enfrentar su finitud, enfrenta la vida con una liviandad, con una liviandad, que es la liviandad de lo inauténtico, la liviandad de aceptar todo lo que me digan y todo lo que me cuenten y todo lo que me vendan para sofocar en mí la angustia de morir. Entonces, se niega, se niega a aceptar que la existencia tiene misterios, tiene misterios, y que el misterio fundamental quizás de la existencia sea esta capacidad asombrosa del Dasein de saber que va a morir y seguir viviendo.
Y en la vida inauténtica todo misterio, dice Heidegger, pierde su encanto porque yo no voy detrás de ningún misterio, no voy detrás de nada nuevo, sino que voy detrás de lo que ya se ha dicho, de lo que ya se creó, de lo que ya se estableció. Soy una nada, pero no una nada como la que me revela la finitud. No, soy lo uno, soy una cosa que se disuelve en el anonimato del todo que ha sido creado justamente para que los hombres, y esto es un vocabulario un poco personal, para que los hombres no tomen conciencia de nada.
Entonces el mundo de lo uno, del anonimato, del se dice, del se habla, de las habladurías, ese mundo que está constituido para que el Dasein no tome conciencia de sí mismo, ni de su destino, ni de su condición de ser para la muerte. Ahora bien, ¿quién construye este mundo? ¿Quién construye el mundo del anonimato que está ahí y posibilita que me incluya en él y yo tenga una vida inauténtica? Ese mundo está constituido por los poderosos otros. Entonces, dice Heidegger: cuando yo acepto ese mundo, estoy bajo el señorío de los otros.
¿Qué es el señorío de los otros? Bueno, yo voy a poner un ejemplo muy transparente para ustedes. Yo creo que hoy, el poder del señorío de los otros está dado por los medios de comunicación. Ese es el señorío de los otros, porque a través de los medios de comunicación (y acá tomo una frase de Foucault) los sujetos son sujetados. Entonces si los sujetos son sujetados a través de los medios de comunicación, quiere decir que los sujetos son sometidos al señorío de los otros, porque los sujetos no tienen la posesión de los medios, sino que la tienen los otros, los señores otros, los poderosos señores otros, y ese señorío de los otros elimina toda posibilidad de vida auténtica. Yo soy ese tipo que vive repitiendo, vive repitiendo las ideas que le dicen, las cosas que tiene que comprar, los programas que tiene que ver...
Está aniquilada toda posibilidad crítica de la conciencia, mi capacidad crítica está aniquilada, y ustedes piensen, como ya lo he dicho en algún programa, pero ese tipo que va al trabajo a la mañana, que almuerza desordenadamente y mal, que viaja mal cuando regresa a su casa, y cuando regresa a su casa enciende una televisión que le entrega, digamos, por decirlo suavemente, basura, ese tipo no puede salir del señorío de los otros.
Es una tristeza, realmente, porque pasarse la vida bajo el señorío de los otros y nunca decir una palabra propia es como haber vivido muerto.
Hay algo que Heidegger marca como lo más demoníaco del mundo de la inautenticidad: es la publicidad. Esto lo dice Heidegger, la publicidad.
La publicidad le dice a todo el mundo lo que tiene que comer, lo que tiene que leer, lo que tiene que usar como traje, el partido político al que tiene que votar, la manteca que es la mejor del mundo, el vino que tiene que tomar...
Heidegger detesta la publicidad porque la publicidad trabaja en favor de la inautenticidad de la gente. En realidad, cualquier publicista sabe que miente, digamos. La publicidad consiste en mentir lindo para que el consumidor compre. Entonces, Heidegger odia la publicidad porque justamente la publicidad se dirige desde afuera a la conciencia del Dasein que está mirando. Entonces, cuando mira la publicidad, la publicidad le dice cómo él tiene que ser, qué tiene que vestir, qué tiene que beber, quién tiene que votar, todo. Entonces, ahí está algo que Heidegger realmente detesta.
Después, lo que Heidegger señala también como un elemento fundamental de la existencia inauténtica (esto es muy lindo, escúchenlo bien) es la avidez de novedades. ¿Qué pasó de nuevo hoy? ¿Cómo no pasó nada de nuevo? A ver, esto es nuevo. Ustedes observen. A ver, ¿por qué la moda cambia todos los años? Cada tres meses. Vea la moda del verano. Y bueno, así todo. Vea el libro, compre el libro del año. Si usted no leyó este libro, usted no está al tanto de nada. No conoce la última novedad. Hay que despertar en usted la avidez de novedades.
¿Qué hace la avidez de novedades? La avidez de novedades hace que no me detenga en nada, que vaya saltando de una cosa a la otra, porque me hacen saltar de una cosa a la otra. Si despiertan en mí la avidez por las novedades, nunca voy a profundizar en nada. Voy a estar saltando de una novedad a la otra sin afincarme en nada. A esto Heidegger lo llama la errancia, que es errar, pasar de una cosa a la otra. Entonces, la errancia está alimentada y definida, determinada, por la avidez de novedades. ¿Leíste el último libro de Paulo Coelho, por ejemplo? Ah, no, lo leíste. ¿Leíste? Sacó otro. Ah, no, no estás al día, no estás al tanto, no conoces la última novedad. Entonces, digamos, el Dasein ávido de novedades pasa de una cosa a la otra porque nunca quiere dejar de estar al día con las novedades.
Ahora, esto que Heidegger llama errancia es un concepto que ha sido estudiado como un concepto antisemita, en Heidegger, porque ustedes piensen que el judío ha sido el errante de la historia. Hay una novela incluso de Eugène Sue que se llama El judío errante. El pueblo de Israel ha sido el pueblo que ha errado, que ha ido errando, en el sentido de la errancia, a lo largo de la historia. Entonces Heidegger diría, según esta interpretación antisemita: al contrario de la errancia típica del judío, lo que tenemos que conseguir el afincamiento del alemán en su tierra. Entonces, no a la errancia pero sí al amor al suelo y a la tierra de la patria; esto lo vamos a ver cuando veamos el nazismo en Heidegger. Pero ahora de todos modos no dejemos de lado la riqueza de este concepto. Yo señalé cómo ese concepto puede ser virado hacia el antisemitismo, pero la errancia es justamente pasar de una cosa a otra, es la avidez de novedades.
Otra cosa que señala Heidegger como típica de la existencia inauténtica, son las habladurías. Ah, se dice. Pero vos, ¿sabés? ¿sabés que eso es así? No. Se dice. ¿Pero qué es lo que se dice? Y se dice tal cosa. Ah, entonces la voy a decir yo también. Entonces, todos terminamos diciendo lo que se dice. Ahora bien, la pregunta es, ¿quién dijo lo que se dice? ¿qué estamos diciendo cuando decimos lo que se dice? ¿quién nos metió en la boca lo que se dice? ¿quién tuvo el poder necesario como para imponer en la sociedad algo que todos digan?
Bueno, obviamente, esto hoy lo logran los medios de comunicación, Internet, la televisión, son poderosos creadores de habladurías, del se dice. Y no buscamos, dice Heidegger, renunciamos a buscar nuestra propia voz. Tenemos que abandonar las habladurías, no someternos a las habladurías. Si nos vienen a decir, esto es así porque se dice que es así, esto es así porque se dice que es así, yo debería responder: a mí no me consta que sea así, me consta que se dice que es así, pero yo voy a averiguar si es así, porque yo tengo mi propia voz, tengo mi propio juicio, tengo mi propia condición crítica. Tengo mi propia libertad para elegir y en consecuencia de esa libertad me va a dar mi voz auténtica. Mi voz auténtica no se somete a las habladurías, ni a la avidez de novedades, ni a nada de todo aquello que ese mundo de la falsedad del anonimato me quiere imponer.
Mi voz auténtica surge de mí y es en ese sentido, sí, subversiva, por supuesto, porque altera todo ese orden que está armado para anular a los sujetos.
Bueno, nos despedimos. Hasta luego.